Este año creí que lograría muchas cosas y por primera vez me atreví a hacer algo que no acostumbro: planificar mi vida.
Tenía muchos objetivos, muchas cosas por hacer y al final casi nada de lo que esperaba sucedió.
La vida es así de mierda a veces, cuando andas por ahí sin la más mínima intención de nada, sin interés por lo que te rodea, te suceden cosas geniales. Cuando lo planeas todo, estás condenada a ver cómo se cae tu castillo de naipes con la más ligera brisa.
Lección aprendida: si ser de una forma te ha funcionado bien por años, no pretendas de un momento a otro cambiar para lograr algo mejor. No siempre va a suceder lo que anhelas.
Empecé a escribir cuando tenía… ya no recuerdo la edad, pero recuerdo que me gustaba escribir. Escribía sobre lo que me gustaba, sobre cómo me sentía, sobre lo que esperaba del futuro. Cosas de adolescente. Dejé de hacerlo por un buen tiempo (años) cuando mi madre en un momento de desesperación y curiosidad por saber qué pasaba por mi cabeza, entró a mi habitación, hurgó en mis cosas, encontró mi diario y lo leyó… ¡LO LEYÓ! No voy a describir cómo me sentí en ese momento porque no quiero recordar esa sensación nunca más en mi vida y porque ya ha pasado tanto tiempo que creo que merece ser olvidado. Sin embargo mencioné este episodio porque, sin querer, incrementó mis deseos de escribir. Y aunque hoy en día las nuevas tecnologías nos permiten tener un blog (que para algunos es el equivalente a un diario personal pero virtual), yo sigo prefiriendo, a veces, volver al romanticismo de la escritura sobre el papel. Cuando creé este blog pensé que sería una constante encender la pc y escribir...
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